A la espera | Letras Libres
artículo no publicado
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A la espera

"El rastreador llegó como una garantía de protección, un sistema que había nacido de la misma gente en la desesperación de cuidarse unos a otros. De esos grupos donde uno compartía su ubicación a un sistema que permitía que hubiera un rastro para encontrarte."

Instituto Nacional de Registro y Geolocalización Ciudadana
Planta baja, Sala de espera B

10:33 am

 

La campanita del siguiente turno te hace levantar los ojos del libro que en realidad no estás leyendo. 347. Eres la siguiente. Cierras el libro, un poemario que trajiste a propósito porque te permite abrirlo en cualquier página y leer algunos versos antes de perder el hilo y mirar la pantalla. Llevas media hora en esta sala. Más de dos horas desde que llegaste a tu cita en el Registro. Cuatro desde que llegaste a la Central del Norte. Aunque puedes contabilizar el tiempo, sientes que la última media hora duró más que todo el viaje que hiciste en autobús desde Morelia.

Abres el libro para checar el papelito que estás usando de separador donde está escrito tu número y después vuelves a mirar la pantalla. Corroboras por enésima vez que eres la siguiente. No puedes dejar de mover las piernas, abrir y cerrar el libro, estarte quieta parece una tarea imposible. Dentro del Registro no tienes señal, así que no puedes distraerte con nada. Guardas el libro y caminas hasta el fondo de la sala donde hay un garrafón. Traes una botella en la mochila, pero necesitas hacer algo con los pies y las manos que tenga algún propósito concreto.

¿Deberías preocuparte? El trámite debió ser un asunto sencillo, algo que podía hacerse en línea, pero desde la primera vez que lo intentaste te encontraste con un problema tras otro. Después de dos semanas sin saber nada de Víctor, cediste a la preocupación de tu madre que llevaba nerviosa desde que él no le había hablado para su cumpleaños. En un principio, a ti solo te molestó que se le hubiera olvidado. Aunque en la última llamada de sábado se lo recordaste, él no había podido parar un minuto su ocupada vida para llamar a casa. Conforme los días pasaban y las llamadas y mensajes se quedaban primero sin respuesta y después ni siquiera conectaban, mamá comenzó a insistir en que pidieras su localización. Para apaciguarla, contactaste a su mejor amiga en la ciudad de México, Magdalena Ortiz, con quien no habías hablado en años. Además, accediste a entrar a la página del Registro, aunque sabías lo mucho que le molestaría a Víctor cuando se enterara. La única razón por la que él te dejó como contacto de emergencia era justo porque siempre habías respetado su privacidad.

En teoría, debía tomar apenas unos minutos. Fácil: meter su número de identificación y tu permiso de acceso, pero una y otra vez el sistema había arrojado un error. Después de varias llamadas telefónicas en las que batallaste para hablar con un ser humano y no con una máquina, resultó que no había más remedio que ir directamente a la oficina principal en la Ciudad de México. La única cita del mes era esta, martes a las 8:45 de la mañana, porque alguien había cancelado de último momento. Con tan poca antelación solo pudiste pedir un día de tus vacaciones y eso también fue un problema porque en la oficina pensaron que era una exageración venir hasta acá solo porque alguien no estaba contestando los mensajes. Pero aquí estás para tranquilizar a tu madre. Estarás en la ciudad apenas quince horas. Ya hasta tienes un boleto de regreso en el último autobús a Morelia.

Gracias a la desmañanada, llegaste al Registro con tiempo de sobra. Llevabas contigo un fólder color manila que contenía originales y copias de la cita, de tu identificación y la de Víctor, de sus actas de nacimiento, el formulario debidamente llenado en tinta azul por triplicado, pero después de dos horas no tienes respuesta. De hecho, cada vez tienes más preguntas.

Cuando entregaste los papeles en la primera ventanilla a las 8:30, quince minutos antes de la hora, lo tomaste como una señal de que el trámite sería eficiente y el resultado revelaría la paranoia de tu madre, algún malentendido, del que, en algún momento dentro de unos meses, Víctor y tú se reirían. La señorita detrás del mostrador revisó los documentos, tecleó algo en su computadora y frunció el ceño. Debiste saber entonces que no iba a ser tan fácil. “Un momento”, dijo antes de desaparecer por una puerta de cristal. La viste levantar un teléfono y cuando volvió, dijo que había llamado al encargado porque el expediente que buscabas estaba sellado. ¿Podrías decir que allí comenzó la espera o había comenzado desde antes sin que te dieras cuenta? Tal vez para cuando llegaste al registro llevabas ya semanas esperando sin siquiera saberlo. Pasaste cuarenta minutos en una sala muy parecida a esta, igual de fría, con las mismas sillas de plástico naranja incomodísimas, viendo pasar a la gente cuyos trámites sí avanzaban.

En un primer momento te entretuviste pensando lo que le dirías a Víctor la próxima vez que lo vieras, como que había sido un desconsiderado y que viera todos los líos en los que te había metido. No te extrañaba para nada que algo no estuviera en orden con su expediente. De no ser porque ahora vivía con Jian, seguro ya le habrían cortado la luz varias veces. Las cosas más sencillas de la vida se le resbalaban con facilidad y no se podía confiar en él para recordar compromisos que no tuvieran que ver directamente con el proyecto que lo obsesionaba en un momento dado. Siempre había sido así, desde que eran niños, desde que había aprendido a usar una computadora, fue como si una parte de su vida sucediera entre las líneas de código, en un universo al que nadie más podía acceder. Víctor siempre había tenido suerte, cuando todavía vivía en Morelia, mamá y tú se encargaban de las cuestiones prácticas, cuando se mudó a la Ciudad de México para estudiar, vivió primero con una tía y después con Magdalena y otros amigos en un depa cerca de Copilco. Y ahora Jian es la que se encarga de todo. En ese momento los imaginaste a los dos en alguna playa en Nayarit haciendo un detox de tecnología, sin pensar en la preocupación que le estarían causando a mamá y te volvió todo el enfado.

Cuando el encargado por fin apareció, revisó de nuevo los papeles, sacó una forma para que la llenaras y firmaras, luego la escaneó y te pidió que volvieras a firmarla con tu rastreador para que quedara el registro digital. Cuando pasaste la muñeca por el escáner, el ping de localización pareció retumbar por toda la sala, aunque solo tú lo escuchaste. Sin más detalles el encargado te dio un turno y te dijo que pasaras a la sala de espera B. Cuando le pediste explicaciones, su respuesta fue vaga. Se necesitaba una autorización para acceder a la información sellada. Cuestión de rutina. Nada más.

Bebes del conito de papel que rápidamente se ablanda debajo de tus dedos. Observas el tatuaje en tu muñeca, un colibrí que te hiciste a los quince años para cubrir la cicatriz del rastreador. Ahora son tan pequeños que no dejan rastro, pero en 2022 la tecnología era muy nueva y a todos les había quedado una pequeña marca. Víctor nunca se había cubierto la suya, a pesar de que se puso de moda cuando estaban en la prepa. Siempre te echaba la culpa. Él decía que recordaba el día que fueron al hospital para que les pusieran el chip. Él tenía ocho años y tú cuatro, pocos meses antes se había aprobado el uso de los rastreadores en menores de diez años. Víctor describía las paredes blancas, el sonido de las máquinas y los gritos que pegaste cuando te inyectaron: “Emilia gritaba como si la estuvieran matando” decía, “después de eso, cuando me tocó a mí, me desmayé en la mesa al ver la aguja. Desde entonces no las soporto”. Habías escuchado la anécdota tantas veces que casi podías jurar que recordabas el frío de la aguja, el líquido espeso, el moretón que dejó el pinchazo porque la enfermera perforó alguna venita. No es un recuerdo real, pero siempre que te viene a la cabeza tienes que tragarte la sensación de que no puedes confiar en tu memoria.

Cuando entraste a la sala B te dieron un cuestionario nuevo lleno de preguntas que parecían ponerte a prueba porque pedían información que el Registro ya poseía. ¿Cuándo vio por última vez a esta persona? Navidad, escribiste y luego dudaste. Lo natural habría sido revisar tu propio registro y buscar la última vez que tu rastreador y el de Víctor estuvieron en la misma casa, pero no podías acceder a él sin señal. Llevas la última media hora dándole vuelta a tus respuestas, segura de que te has equivocado en alguna pregunta y que eso retrasará todo el trámite.

Vuelves a tu asiento y, como un reflejo, abres una ventana en tu interfase para ver la bandeja de mensajes antes de recordar que no tienes señal. Tu última comunicación sigue sin respuesta. Le avisaste a Magdalena en cuanto llegaste a la Ciudad de México, porque habían quedado de verse esa tarde en el departamento de Víctor. En teoría tienes muchísimo tiempo, pero te parece que llevaras toda la vida en esta sala. Cierras la interfase y te obligas a volver a abrir tu libro. Vas a leer un momento, te vas a distraer y vas a dejar de mirar el reloj. Justo entonces suena la campanita del cambio de turno.

348, ventanilla 3.

 

Instituto Nacional de Registro y Geolocalización Ciudadana
Segunda planta, Cubículo 4

11:45 am

 

El calor es un peso sobre tu espalda. Ya intentaste abrir las ventanas, pero están selladas y cuando abriste la puerta, un funcionario sentado justo afuera te dijo que, a menos que quisieras ir al baño, la puerta tenía que quedarse cerrada. Así que estás sentada en la única esquina de la mesa en la que no pega el sol, con la cabeza apoyada en tu chamarra. En otras circunstancias estás segura de que te estarías quedando dormida, al fin y al cabo, no dormiste ni cuatro horas la noche anterior, pero tienes los nervios a flor de piel y estás segura de que, aunque cerraras los ojos, no podrías descansar.

Vuelves a ver la hora. Apenas han pasado diez minutos desde que te dejaron sola. Ninguno de los dos funcionarios que te hizo preguntas en la última hora te supo decir cuánto tiempo estarías aquí o cuánto tendrías que esperar esta vez. De hecho, más allá de decirte que el perfil de Víctor está incompleto, que no hay registro de los últimos siete meses, nadie te ha dado más información. No tienen permiso para responder tus preguntas. ¿Es un error o alguien manipuló el registro de tu hermano? ¿Qué quiere decir eso? ¿Deberías preocuparte?

Por las preguntas que te hicieron, puedes prever que no se trata de un error, es probable que piensen que lo hizo el mismo Víctor y aunque no sabes si eso es un delito, imaginas que no es una nimiedad. Por primera vez te preocupa que haber venido al Registro de alguna manera lo meta en problemas en el futuro. Después de todo, como mexicano es ilegal no tener un rastreador. Pero si eso fuera el único asunto, esperarías que alguien lo hubiera notado antes. Todas las entradas de la ciudad tienen sensores y habría sido fácil sonar una alarma si el rastreador de tu hermano desapareciera de un día a otro. Es más, cuando entraste a este cubículo escuchaste el pequeño ping que indicaba un cambio de locación. Siempre que lo escuchas sientes una pequeña cosquilla debajo de la piel, pero cuando se lo contaste a Víctor, él te dijo que no era un impulso eléctrico verdadero. En realidad, la localización se actualizaba por un traqueo automático cada media hora, los sensores en todos los edificios eran más bien una fachada para que la gente se sintiera más en control. “La simulación es más importante que la realidad”, te dijo y, desde que entraste al cubículo, no puedes sacarte esas palabras de la cabeza.

Las pensaste una y otra vez mientras los dos hombres te hacían preguntas para llenar un nuevo formulario. Las mismas que habías respondido antes, pero esta vez con un tono acusador, como si tú hubieras borrado el registro. No solo te preguntaron sobre Víctor, sino también te preguntaron por tus estudios, tu trabajo, tus amigos, tus intenciones. ¿Por qué querías acceder al registro de Víctor Gutiérrez? ¿Cuál era tu relación? ¿Con qué propósito? ¿Por qué no habías hecho el trámite en línea? ¿Cuántas veces lo intentaste? ¿Cuándo lo habías visto por última vez? En algún momento sentiste ganas de llorar y cuando les preguntaste para qué necesitaban esa información y exigiste que te contestaran, te dijeron que estaban validando tu identidad y la veracidad de tus respuestas. El protocolo normal en estos casos, para proteger los datos de todos los involucrados. Después de eso, se levantaron y te dejaron sola.

Ahora no puedes dejar de pensarlo. ¿Cuándo fue la última vez que viste a tu hermano?

Navidad, escribiste y contestaste una y otra vez. Te aferras al recuerdo de la semana que él y Jian pasaron en Morelia. Se quedaron en un hotel porque no había espacio suficiente en el pequeño departamento al que mamá y tú se mudaron después de que, al morir la abuela, mamá vendiera la casa. Recuerdas perfectamente que lo primero que dijo Víctor al entrar era que no le gustaba el nuevo sillón. El de la casa era demasiado grande y no cabía, trataste de explicarle, pero aun así él dijo que no le gustaba el color y tú le contestaste que, si él no había ayudado a comprarlo, podía callarse la boca. “Si necesitan dinero, pueden pedirlo”, te dijo y te mordiste la lengua antes de contestarle que no le ibas a pedir nada, que en la agencia de marketing ganabas lo suficiente y que te dejara en paz. De unos años para acá, Víctor tenía dinero de sobra, pero lo gastaba en tonterías, parecía que cada vez que hablaban cambiaba su modelo de interfase. No dijiste más porque mamá te llamó desde la cocina claramente para evitar una pelea.

Por alguna razón, ahora que lo recuerdas, no sientes el mismo enojo. En lugar de pensar en todos los momentos de tensión durante esa semana, recuerdas todos los momentos que pasaron solos, las miradas cómplices por encima de la cabeza de mamá con las que podían decirse más que con palabras o ese momento después de la cena de Navidad cuando ustedes dos estaban solos en la cocina lavando los platos. Desde allí podían escuchar la voz de Jian, más grave de lo que cualquiera esperaba de una mujer tan menuda y con un acento mezcla de todos los lugares donde había vivido, mientras le contaba a mamá de la película que habían visto la noche anterior. Aprovechando la distracción, Víctor te confesó en un murmullo que habían estado hablando de casarse, pero que no quería que mamá se enterará todavía. “Jian no quiere ponerse un rastreador, entonces no podemos hacerlo aquí”. Te pareció una tontería, Jian llevaba más de cinco años en México, si quería quedarse era natural que entrara al Registro.

Víctor levantó una ceja al escucharte. Llevaba el cabello tan largo, más largo de lo que nunca lo había tenido, le tapaba los ojos y a cada rato tenía que quitárselo de la cara con el antebrazo porque tenía las manos llenas de jabón. “Si por mí fuera, tampoco tendría un rastreador, así que entiendo que ella no quiera”, dijo y por alguna razón recuerdas con especial detalle la espuma que se quedó en su fleco y frente, “y eso de que tenga que viajar a Estados Unidos cada seis meses tampoco tiene sentido. ¿En serio no te molesta que te observen todo el tiempo?” Le dijiste que no lo pensabas demasiado, que casi nunca pensabas en eso. De hecho, algunas veces hasta era útil. Lo mismo que le habrías contestado mil veces antes cuando salía el tema.

Por alguna razón pensar en esto, te hace pensar en el único verano que lo visitaste en la Ciudad de México. Acababas de terminar la preparatoria y habías decidido que te quedarías en Morelia a estudiar. Aun así, como premio por terminar, mamá te había comprado un boleto de autobús para pasar dos semanas con él. Lo primero que Víctor te dijo cuando llegaron a su departamento fue que no podías tener tu interfase encendida, reglas de la casa. Obviamente tu hermano había encontrado a un grupo igual de dramático y paranoico que él, que le seguían el juego de ser revolucionario y contracultural. Por eso no te sorprendió cuando se emparejó con una extranjera como Jian, que siempre criticaba la falta de privacidad que había en el país en lugar de tratar de asimilarse. Cuando le dijiste eso durante la conversación, Víctor bufó y te diste cuenta de que se estaba conteniendo y, en vez de echarte un sermón, volvió al tema anterior. Te habló de todas las otras opciones que él y Jian estaban considerando.

Entre ellas no había estado tomar sus cosas y desaparecer.

Durante el interrogatorio, los funcionarios te habían hecho varias preguntas sobre Jian y hasta ese momento no te habías percatado de lo poco que sabías sobre ella. Se conocieron en una feria de culturas en el Zócalo en la que ella estaba trabajando como voluntaria en la sección de Corea. Desde el principio supiste que la cosa iba en serio porque Víctor te mandó un mensaje esa misma noche contándote. Dos meses después se habían mudado juntos. Siempre asumiste que había sido porque Jian necesitaba una casa y Víctor alguien que cuidara de él, pero en realidad nunca habías preguntado. De eso hacía más de cuatro años.

Jian Kim. De ella tampoco había rastro. Cuando trataste de llamarla tres días después del cumpleaños de mamá, porque Víctor seguía sin contestar, te diste cuenta de que no tenías formas de localizarla. Su interfase estaba desconectada. Los mensajes rebotaban. No tenías su email y como ella vivía de dar clases particulares de coreano, no podías tratar de contactarla por el trabajo. En su momento estas cosas no te preocuparon, apenas las registraste, pero ahora no puedes dejar de pensar cómo era posible que hubieran sido novios tantos años y no supieras cómo se llamaban sus padres o dónde había nacido. Cuando te preguntaron, solo pudiste decirles que venía de una ciudad al sur de Corea y que habías mandado un correo a la embajada que hasta ahora seguía sin respuesta. No les dijiste que a los dieciocho años Jian se había ido de su país para estudiar en Australia y que hasta donde sabías no había vuelto ni quería volver. Por algunas conversaciones sabías que había vivido en muchos países antes de llegar a México, que había aprendido español en Argentina, que era una persona acostumbrada a moverse y no echar raíces. Hasta que conoció a Víctor. 

¿Habría decidido irse de nuevo y él la habría seguido? Era una posibilidad, pero ¿por qué se había ido sin avisar, sin decirle nada a nadie? ¿Sin llamar a mamá ni siquiera en su cumpleaños? Cuando por fin lograste contactar con Magdalena hace algunos días, le preguntaste si lo había visto últimamente. Te dijo que hacía un mes que no sabía nada de él, pero que a veces se esfumaba cuando tenía un encargo difícil. Le pediste que fuera al departamento solo para agotar las posibilidades, tal vez podías ahorrarte un viaje a la Ciudad de México. Antier, Magdalena te devolvió la llamada cuando iba saliendo de la unidad habitacional de Víctor y te dijo que no había rastro de ellos, que la vecina de abajo le había dicho que no los escuchaba desde hacía varias semanas. “Desde hace meses que temía que pasara algo de esto” te confesó y cuando le preguntaste por qué no quiso decir más. “No deberíamos de hablar de esto por la interfase”, bufaste exasperada, tu hermano y sus amigos habían sido unos exagerados y paranoicos desde siempre. “Avísame qué día vienes al Registro y nos vemos aquí en la tarde. ¿Tienes llaves?”   

Abres el bolsillo delantero de tu mochila y metes la mano para tocar el juego extra de llaves que Jian te dio en Navidad. Las preguntas se te agolpan dentro. Miras de nuevo el reloj. Veinte minutos. Comienzas a pensar si deberías pedir ir al baño, al menos para echarte agua en la cara y salir de este cuarto caliente que te hace sentir embotada. No has decidido cuando la puerta se abre detrás de ti. “La directora ya puede verla” te dice el funcionario. Tomas tus cosas y lo sigues.

 

Parque Lincoln, Polanco, Miguel Hidalgo

13:05 pm

 

Te sientas en la primera banquita que encuentras, apoyas los brazos en las rodillas y respiras profundamente. Saliste del Registro casi corriendo, aliviada de estar fuera, pero temblando. Todo lo que sacaste en claro es que no hay manera de saber dónde está tu hermano y que, si lo encontraran durante la investigación, sería para castigarlo por la manipulación de su historial. Deberías llamar a mamá y contarle lo que pasó, pero no sabes por dónde comenzar ni qué decirle. ¿Que no hay registro de sus localizaciones desde hace siete meses? ¿Que no hay manera de saber dónde está o si algo le sucedió? ¿Que antes de salir de la oficina para llenar más formas, la directora te dijo que iban a abrir una investigación? “Para ser sincera, señorita, estas cosas pasan. Hay personas que prefieren eludirnos, que hacen cualquier cosa para perderse. Tratamos de buscarlas, pero los recursos son limitados, sobre todo para buscar a quienes no quieren que los encuentren. En la mayoría de los casos reaparecen solos. De todas formas, le dejo mi número por cualquier cosa, cualquier cosa ¿eh? Mande un mensaje sin pena. Le aseguro que le informaremos en cuanto cerremos la investigación”. Cuando tomaste la tarjeta que te ofrecía, ella aprovechó para tomar tu brazo te recorrió un escalofrío. “Sobre todo, lo mejor en estos casos es que los familiares no le muevan al asunto. Dejen que nosotros nos encarguemos. Es una cosa delicada cuando hay sospechas de manipulación. No querrían empeorar la situación. Mejor dejarnos hacer nuestro trabajo”. Aguantando la respiración, te zafaste para guardar la tarjeta dentro de tu libro de poesía antes de dejar que te escoltaran de regreso a la primera sala de espera.

¿Y ahora? Hay una brisa suave y los pajaritos están cantando alrededor de ti. A un par de pasos un señor vende papas, chicles, aguas y refrescos. Sientes que el nerviosismo debajo de tu piel, en tu estómago, no tiene cabida en un día tan tranquilo. De alguna forma quieres escapar de tu cuerpo o de este lugar, pero ¿qué hacer?

La vibración de un mensaje te distrae. Magdalena. Habías olvidado que le habías avisado al llegar a la Ciudad. Tienes varios mensajes sin leer. Te dice que le salió un problema en el trabajo y que va a salir más tarde de lo previsto. ¿Será posible que se vean en el Centro? En otro mensaje, te manda la dirección de una cafetería por el Zócalo seguido de ¿te queda a las seis? Miras el reloj. Deberías comer algo, pero no estás segura de que puedas meterle nada a tu estómago. Podrías ir al Centro de una vez y pasear, entrar a tiendas, dar vueltas hasta que dé la hora, pero no estás segura de que puedas calmarte lo suficiente para eso. No. Aunque Magdalena no pueda acompañarte, tú necesitas ir al departamento de Víctor. Mientras no vayas por tu misma y lo encuentres vacío, seguirás pensándolo allí y su desaparición no se sentirá del todo real.

Abres el mapa y tecleas la dirección. Es una vueltota. Llegar hasta allá y después ir al Centro te tomará un buen rato, pero es la primera idea que te da la sensación de que estarás avanzando. Revisas una vez más que traes la llave de su casa en la mochila, te levantas y decides caminar hasta el metro.

 

Francisco del Paso y Troncoso #134,
Interior 4, Jardín Balbuena, Venustiano Carranza

14:30 pm

 

Al meter la llave en la cerradura lo primero que piensas es que en la casa de la abuela estaba prohibido cerrar las puertas. De hecho, no había seguro en ninguna de las habitaciones. Un día, cuando Víctor tenía catorce años, se quedaron solos en casa. Mamá y la abuela probablemente habrían ido al mercado. El sonido de un martillo te sacó de tu cuarto. Víctor había comprado un seguro y a falta de taladro lo estaba clavando en la puerta y la pared. Esa tarde los gritos de la pelea resonaron por toda la casa. Ya no recuerdas cómo pasaron de hablar del seguro a discutir los rastreadores, probablemente cuando él exigió su derecho a la privacidad. Mamá le contestó que él no entendía cómo habían sido las cosas antes cuando ella era joven y tenía que compartir su ubicación entre sus amigas, siempre decir dónde estaba, qué estaba haciendo, avisar de todo porque no se podía confiar en que una chica sola por allí no terminaría como un número más en las estadísticas de desapariciones forzadas. No hacía falta estar en contra de algo ni haber hecho algo. Era cosa de estar en el lugar equivocado. No había ninguna razón ni explicación y no había nadie que te protegiera. Si un día no volvías a casa, solo te iban a buscar los tuyos, con carteles, mensajes y videos. Pasaría el tiempo y si tenían suerte aparecerías en alguna fosa. La otra opción era que te esfumaras, que nunca hubiera respuesta. El rastreador llegó como una garantía de protección, un sistema que había nacido de la misma gente en la desesperación de cuidarse unos a otros. De esos grupos donde uno compartía su ubicación a un sistema que permitía que hubiera un rastro para encontrarte. “El problema es que luego le cedieron todo el poder al gobierno. Dejaron que se burocratizara” decía Víctor, no en esa pelea a los catorce años, sino años después, cuando tenía más herramientas para discutir con mamá sin llegar a los gritos. “El problema es que la gente se olvidó de que era una herramienta para encontrarnos entre nosotros y para vigilarlos a ellos. Eso se nos olvidó y ahora la gente vive pensando que está protegida. Les estamos haciendo las cosas más fáciles”. Para entonces mamá lo dejaba hablar y citar estadísticas o críticos durante un rato hasta que se acababa el café, le daba una palmada en el brazo y repetía “no sabes cómo era antes” para zanjar la cuestión.

De pie en la sala del departamento de Jian y Víctor rodeada de sus cosas, en un lugar claramente habitado por ellos hasta hace muy poco, no puedes dejar de pensar en todas esas discusiones como una sola. Como si las palabras te propulsaran, dejas tu mochila sobre la mesa y entras a la cocina. Huele mal. La basura orgánica se está pudriendo en el bote y cuando abres el refrigerador descubres que muchas de las verduras están pachichas y negras. Hay varios refractarios con sobras y un refresco a medio beber ya sin gas. A partir de allí tus movimientos se vuelven más frenéticos. Abres los clósets y los cajones en el cuarto para encontrarlos llenos de ropa doblada, buscas las últimas facturas de servicios, te convences de que el libro que quedó abandonado en el sillón es una prueba de que estuvieron aquí hasta hace nada, que no tenían planes de irse. Finalmente te arrodillas para mover la madera debajo del mueble del baño, donde sabes que hay un pequeño escondrijo. Encuentras los cinco mil pesos de emergencia y los dos pasaportes en una pequeña caja.

Miras la fotografía de tu hermano y sientes ganas de llorar. El departamento tampoco tiene respuestas. No sabes ya qué esperabas encontrar aquí, tal vez una nota o una pista de su paradero, algo que te dijera que efectivamente están en esa playa en Nayarit o que la directora te dijo la verdad y volverán cualquier día, pero en su lugar solo está el silencio encerrado y el ligero olor a comida echada a perder.

La primera vez que sentiste que no conocías del todo a tu hermano fue el verano que viniste de visita. Una tarde cuando una tormenta les impidió salir, se quedaron en casa. Recuerdas sobre todo el ruido: había mucha gente, la lluvia azotaba contra las ventanas, alguien había encendido la televisión y le había subido el volumen a unas caricaturas que nadie estaba viendo. Buscaste la mirada de Víctor cuando alguien te ofreció una calada de un porro, pero él estaba hablando con Magdalena y no te hizo caso. Nunca le dijiste que te había sorprendido la vida que llevaba en la ciudad, tan distinta a la que había tenido contigo en casa de la abuela. Mientras él y sus amigos hablaban de todas las formas en las que el mundo necesitaba cambiar, tú recuerdas esa tarde a medias, a diferencia de ellos no estabas acostumbrada a fumar y a cada rato se te escapaba el tiempo o te entraba la risa. Terminaste acostada en el suelo mirando el techo y dejando que el ruido pasara sobre ti, escuchándolos sin intervenir, sin tomarlos en serio. Víctor de repente se encendió y lanzó un largo monólogo sobre diferentes alternativas de desconexión, maneras en las que se podía darle la vuelta al sistema de registro. Su voz entre las demás te pareció reconfortante en su familiaridad. En casa solía soltar ese tipo de discursos, pero conforme más avanzaba, más distinto te sonaba porque sus amigos reaccionaban favorablemente. Mientras hablaba, tus ojos se posaron en Magdalena, que asentía y sonreía ante lo que decía tu hermano. No fue la primera vez que la muchacha te hizo sentir demasiado consciente de tu propia piel. No has vuelto a verla desde ese verano y cuando piensas en la breve conversación por teléfono, sabes que ella conocía a un Víctor muy diferente al tuyo, que también es distinto al que vivía en esta casa con Jian. De repente te sientes totalmente fuera de lugar y te das cuenta de que desde que llegaste estás esperando que la puerta se abra y ellos aparezcan como si nada hubiera pasado.

¿Dónde se instala la espera en el cuerpo? Ahora mismo la sientes en el estómago, pero temes que con el tiempo se solidifique hasta que se quede allí estancada para siempre.

Sentada en el suelo del baño, despliegas tu interfase y abres la aplicación de tu propio registro. Con cuidado tecleas el número de Víctor en la barra del buscador. Ya sabes que no hay rastro de su localización en los últimos siete meses y por eso no hay forma de que aparezca un registro de su viaje en Navidad. Aun así, necesitas verlo. Cuando la página por fin carga, efectivamente, aparece que la última vez que estuvieron en el mismo lugar no fue hace cinco meses como tú lo recuerdas. Oficialmente, no queda rastro de ese viaje. Ahora la última vez fue hace más de un año el 15 de abril. Miras la fecha y te recorre un nuevo escalofrío. El cumpleaños pasado de mamá.

Cuando cierras la aplicación, observas la barra principal de tu interfase, en una esquina parpadea la alerta roja de tu boleto de autobús. Todavía tienes más de cinco horas antes de que tengas que estar en la Central de Norte, pero el pequeño parpadeo te hace sentir como si no te fuera a alcanzar el tiempo. Más que nunca te parece que vas contra el reloj.

Recorres el departamento una última vez. No puedes quedarte aquí, prefieres irte de una vez al Centro, perder el tiempo en el transporte público y caminar sin rumbo antes de ver a Magdalena. Cuando abres la puerta para salir se te ocurren dos pensamientos. El primero es que no hay un sensor de localización en la puerta, que no escuchaste el familiar ping al entrar. El segundo es que no viste la computadora de Víctor por ningún lugar. De hecho, no encontraste ningún aparato electrónico. Desde el umbral, vuelves a recorrer la sala con los ojos. Por primera vez, te sientes observada.

 

San Ildefonso 55, Planta Baja, Centro Histórico

18:30 pm

 

Cuando conociste a Magdalena, estabas convencida de que ella y Víctor eran novios o que iban a terminar siéndolo. No solo por la manera en que actuaban, sino porque te parecía imposible que tu hermano no estuviera interesado en ella. Entonces, Magdalena con sus pantalones rotos y el cabello negro medio decolorado te había parecido casi una promesa de lo que podías ser en el futuro. Todos estos años cuando Víctor hablaba de ella, la recordabas sentada en un banquito junto a la ventana abierta fumando y riéndose perfilada por el sol que le daba en la espalda. Estás segura de que Víctor se dio cuenta de lo encantada que estabas con su mejor amiga, pero nunca te enchinchó. Sencillamente durante esas semanas la invitó con ustedes a todos los planes que hicieron, cuando le dijiste que harían buena pareja, se rio en tu cara y te dijo que necesitabas prestar más atención.

A pesar de todos los años que han pasado, la reconociste en cuanto entraste a la cafetería. Los pantalones rotos y las ombligueras fueron reemplazados por un traje sastre y lleva ahora el cabello totalmente negro, corto a la altura del mentón y usa lentes, pero la manera en que deja salir el humo del cigarro, lentamente mientras piensa, te transporta de regreso a ese verano.

—¿Estás segura de que no viste su computadora?

—Segura, segura, no. Tal vez la tenía escondida en algún lado, aunque no sé por qué escondería su computadora en su propia casa. Ya sabes cómo es, le gusta tenerla a la mano y la deja en el último lugar que la usó.

Magdalena asiente antes de darle otra calada al cigarro y apagarlo contra la pared. Guarda la colilla y te hace un gesto de que vuelvan a entrar a la cafetería. En la mesa las esperan dos tazas y un pedazo de pastel de elote a medio comer. Lo primero que has sido capaz de tragar en todo el día. Comer no te está quitando el dolor de cabeza incipiente y sospechas que es una mezcla de cansancio por los acontecimientos del día y la incomodidad por haber apagado la interfase. Lo primero que te preguntó Magdalena cuando te sentaste en la mesa fue si la tenías encendida y cuando asentiste, hizo una mueca antes de pedirte que la apagaras. Esta vez no pensaste que fuera una exageración.  

—La última vez que lo vi fue hace como un mes. Pensé que estaba ocupado. No sé… No le di importancia, pero tenía está sensación rara dentro, ¿sabes? Cuando me escribiste pensé que por fin algo había pasado.

—¿Por fin? —dices con los ojos fijos en el pastel como si cortar un bocado y comértelo necesitara de toda tu concentración.

Magdalena se alza de hombros.

—Pensé que sabrías lo del Registro, que te habría dicho. Siempre me pareció que te contaba todo, pero supongo que quería mantenerte al margen –Antes de tomar otro bocado, dejas el tenedor junto al plato. De repente te sientes incapaz de comer–. Lleva años interfiriéndolo, comenzó cuando estábamos en la facultad. No solo su expediente, también el de muchas otras personas. Le pagaban bien por eso, mucho mejor que en los otros trabajos que hacía. Hay gente que quiere salir del sistema, gente que quiere entrar, gente que quiere ocultarse y gente que quiere encontrar a otros. No me parece raro que finalmente haya cruzado algún límite. Pero pensé que iban a terminar deportando a Jian antes de que pasara algo como esto.

No contestas porque no sabes qué decir. Te asalta otro recuerdo de cuando tenías quince años y Víctor te recogió de una fiesta que se había salido de control. En el coche confesaste que le habías mentido a mamá y te pusiste a llorar porque sabías que cuando revisaran tu registro se darían cuenta de la mentira. Cuando te dijo “no te preocupes, yo me encargo”, asumiste que hablaría con mamá o algo y cuando nadie te regañó ni se descubrió la mentira, dejaste de pensarlo, pero ahora con lo poco que Magdalena acaba de decir te das cuenta de que eso era una pista. Un claro indicio de otra vida que nunca habías sabido ver, aunque de vez en cuando se asomara a la superficie. ¿Cómo podía ser que hablaran casi todas las semanas y no supieras nada sobre él? ¿Fue tu necesidad de no ver, de ignorar los indicios claros de que algo andaba mal, lo que evitó que reaccionaras a tiempo? ¿Debiste hacer algo? ¿Buscarlo antes? ¿Hacer caso a la preocupación de mamá?

Sueltas la taza de café porque las manos te tiemblan. Magdalena parece leerte el pensamiento porque toma tu mano y trata de tranquilizarte:

—Eh, eh, calma. Lo que está pasando no es culpa tuya, Emilia. Víctor sabía lo que estaba haciendo, que se estaba arriesgando. No es tonto, sabía perfectamente lo que siempre ha pasado en este país. Sigue pasando, aunque mucha gente no lo quiera ver. Que el número se redujera no quiere decir que ya no suceda. Toda esa mierda de que en México ya no desaparece la gente es solo eso, pura mierda. Pero hay otras formas. Hay gente que nunca ha dejado de buscar, colectivos que pueden ayudarnos. Desde que me escribiste estuve averiguando y conseguí varios contactos. Podemos llamarlos a ver si nos dan cita para mañana. No sé si algo salga de esto, pero te aseguro que la investigación del Registro no llevará a nada. La única manera es hacerlo tú. 

Cierras los ojos y puedes escuchar a tu madre tan claramente como si la tuvieras al lado. Te habla sobre un país donde si un ser querido se esfumaba, tendrías que salir a buscarlo porque nadie más iba a hacerlo, tendrías que poner carteles, hacer llamadas, seguir sus pasos sabiendo que todo podría llevarte una y otra vez a un callejón sin salida. El calendario y el reloj perderían sentido, porque el tiempo se volvería espera, lo medirías en negaciones: las horas desde que no volvió, los días sin respuesta, los cumpleaños que no pudiste festejar. Todas las preguntas se volverían silencios y lo único que te quedaría sería la búsqueda.

Magdalena aprieta tu mano y ese contacto es lo único que te ata a esta mesa, a tu cuerpo, a la realidad. Piensas en las palabras de la directora, las horas infinitas en el Registro, en el boleto de regreso, en que tienes que presentarte en la oficina mañana, en que deberías llamar a mamá, aunque no tienes ni idea qué vas a decirle, en que estás cargando con el pasaporte de Víctor en la mochila sin saber bien por qué, en la hoja que te dieron en el Registro donde hay un espacio en blanco en los últimos siete meses.

La voz de Víctor la última vez que lo viste, mientras lavaban los platos en la cocina, irrumpe en tus pensamientos. Recuerdas a la perfección la espuma en su frente y el pasador azul que le pudiste en cabello para detenerle el fleco y que no se quitó el resto de la noche, pero sobre todo puedes oír el tono con el que te contó de sus planes con Jian. La combinación de emoción y secreto en su voz. En ese momento sabes, sin lugar a duda, que no regresarás a Morelia esta noche. Si alguien te preguntara, no podrías decirle cuándo volverás. 

Necesitas alguna respuesta y si vas a pasar el resto de tus días buscándola, que así sea.

 

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.