Juan Forn en una pileta inmensa, sin cansarse | Letras Libres
artículo no publicado

Juan Forn en una pileta inmensa, sin cansarse

El argentino Juan Forn escribió cuentos y novelas, pero su obra cumbre la conforman las contratapas que publicaba los viernes en el diario Página/12, auténticas joyas de la crónica y la narración. Murió el domingo a sus 61 años.

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Se murió Juan Forn, y el vacío que deja ya se empieza a notar. Y se notará cada vez más, a medida que pasen los viernes y sus textos ya no iluminen las contratapas del diario Página/12, de Buenos Aires, ese espacio del que Forn se había apropiado y en el que había desarrollado un género propio. Quedan sus textos, sus libros, como se suele decir en estos casos. Pero queda también la pena de suponer cuánto más hubiera podido escribir si no se hubiera muerto tan joven, el domingo pasado, a sus 61 años.

Publicó un libro de cuentos y cuatro novelas, y fue editor y traductor y director de un suplemento cultural. Pero se lo recordará sobre todo por esas contratapas de los viernes, crónicas que surgían casi siempre de sus lecturas y a veces también de experiencias personales y eran (son) piezas que conjugan la precisión de un reloj y la belleza de una tarde de verano. “Escribo mis contratapas como los poetas escriben sus poemas –anotó Forn–, solo que yo tengo todas las semanas fecha de cierre, y cada pieza debe ser una novela condensada, un cuentito que a la vez sea una reflexión, que a la vez sea un pequeño fresco sociopolítico, que a la vez sea un poema”.

Se fue convirtiendo en uno de esos fenómenos cada vez más infrecuentes: innumerables lectores esperaban que fuera viernes para poder leer una página en un diario. La gran ventaja del periodismo en nuestros tiempos es que se puede leer por internet, desde cualquier lugar. Ahí están, siempre a la espera de sus lectores, las contratapas de Forn: basta con un par de clics para sumergirse en ese mundo. Un mundo a cuyo origen él llegó, como sucede con tantas otras cosas bellas, casi sin darse cuenta.

 

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Para resumir su vida desde el principio, digamos que Juan Forn nació en Buenos Aires el 5 de noviembre de 1959. Tras unos coqueteos iniciales con la poesía, publicó su primera novela cuando tenía veintiocho años. La tituló hermosamente: Corazones cautivos más arriba, tomando prestado un verso de un poema de Roberto Juarroz: “Hay vidas que son como la lluvia. / La lluvia es también el testimonio / de corazones cautivos más arriba”.

Pero empezó a dar que hablar en la literatura argentina con Nadar de noche, volumen de cuentos de 1991. Este libro formó parte de Biblioteca del Sur, colección de narrativa de la editorial Planeta que el propio Forn dirigía y en la que también aparecieron títulos de Rodrigo Fresán, Alberto Laiseca, C. E. Feiling y Antonio Dal Masetto, entre otros. Biblioteca del Sur fue un soplo de aire fresco fundamental para las letras argentinas en la primera mitad de los noventa.

En la segunda mitad de esa década Forn dirigió Radar, el suplemento cultural de Página/12, que en esos años fue otro eje del quehacer creativo argentino. Hasta que en 2001, unos días antes del atentado contra las Torres Gemelas, sufrió su propio colapso particular: una pancreatitis causada por un pico de estrés estuvo a punto de matarlo. Entonces decidió cambiar de vida. Con su pareja y su hijita recién nacida se fue a vivir a Mar de las Pampas, un pequeño pueblo en la costa atlántica argentina.

Allí se enfrentó a la perspectiva de convertirse en un jubilado de cuarenta años. Para contrarrestarlo, se puso a hacer lo que tantos soñamos: “Leer con la misma voracidad con la que leía a los veinte años y escribir cuando siento que tengo algo para decir”. Sus textos periodísticos de esos años primero aparecieron reunidos en dos libros: La tierra elegida (2005) y Ningún hombre es una isla (2009). Un día de finales de la primera década del siglo, alguien del diario le ofreció escribir la contratapa, una vez a la semana. Los viernes. Forn dijo por qué no.

 

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En mi historia personal como lector, a Forn le corresponde un mérito curioso: es el autor que más veces “presenté con éxito” a otras personas. Quiero decir, el autor que más veces recomendé a amigos o conocidos que nunca lo habían escuchado nombrar, con el resultado de que esos amigos y conocidos buscaran sus textos en la web y los leyeran y les gustaran tanto que luego fueran a comprarse un libro y luego otro y otro más. Forn es como esos mecánicos o esos plomeros que sabés que podés recomendar: siempre van a hacer bien su trabajo, que nunca te van a dejar mal parado.

Así, los lectores de Forn, con los años, fuimos conformando una especie de comunidad. Mi hermano (que no es demasiado lector pero es un lector fascinado de estas contratapas) me regaló algunos de los libros de Forn y yo le regalé a él algunos otros, y después nos los fuimos prestando, para que él pudiera leer y releer los libros que tenía yo y yo pudiera leer y releer los que tenía él, hasta que llegó un punto en que ya no sabíamos cuáles me había regalado él a mí y cuáles yo a él. Se lo comenté el domingo, poco después de darle, por WhatsApp, la malísima noticia. Él me respondió: “Los libros de Forn son de los dos”. Una frase que a mí me sonó un poco a “los textos de Forn son de todos”.

En mi historia personal con Juan Forn también ocupa un lugar central su novela Puras mentiras, de 2001, curiosamente el título menos mencionado y recordado de su obra de ficción (la cual, además de los libros ya citados, se completa con otras dos novelas: Frivolidad, de 1995, y María Domecq, de 2007). Puras mentiras es una novela hermosa, profunda y encantadora. Una versión inicial de su segundo capítulo –digamos como dato de color– formó parte de McOndo, el libro con el que los chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez presentaron, en 1996, una de las tantas “nuevas olas” de la literatura hispanohablante (impensable un cuarto de siglo después: la antología reúne textos de dieciocho autores, todos varones).

 

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El primer compendio en formato libro de las contratapas de Forn apareció en 2012, una edición pequeñita editada por el propio Página/12 y titulada El hombre que fue viernes. Luego, entre 2015 y 2019, se publicaron en cuatro tomos, con el título de Los viernes, a través de la editorial Emecé (en la que Forn empezó –como cadete– su trabajo en editoriales a sus veintipocos años; un trabajo que se extiende hasta la última etapa de su vida, durante la cual dirigió la colección Rara Avis, de Tusquets).

Hasta el día anterior a su muerte, trabajó en una nueva antología de sus contratapas: una nueva versión de un libro ya publicado fuera de la Argentina con el título de Yo recordaré por ustedes. “En otra dimensión, Juan Forn fue un conocido escritor, traductor y editor argentino –dice el paratexto de la encarnación chilena de este libro, publicada por la editorial Laurel en 2017–. Hoy es, por decisión propia, el tipo que lee como poseso y luego camina por la playa preguntándose qué va a contar el próximo viernes”.

Ahora el Forn que lee como poseso y camina por la playa también pertenece a otra dimensión: la del pasado. De algún modo, este título póstumo suena también a despedida. Yo leí por ustedes, podría haber sido. Leyó y escribió sus lecturas del modo más extraordinario y valioso que existe: el que hace que, cada vez que alguien termina de leer uno de sus textos, sienta ganas de salir corriendo a buscar el libro del que ha escrito Forn.

Todas sus contratapas son pequeñas joyas, pero si tengo que recomendar algunas, propongo las siguientes: “El aplauso de una sola mano”, “Voces en el jardín”, “Hablemos de Stoner”, “El jardín de los Oé” y la que da libro al último libro, “Yo recordaré por ustedes”.

“Nadar de noche” –el cuento que dio título a su segundo libro, hace treinta años– narra la historia de un hombre que recibe la visita de su padre, muerto unos años atrás. Le hace preguntas. El padre responde algunas, otras no. “¿Y cómo es?”, quiere saber el protagonista. Cómo es estar muerto, quiere decir. “Como nadar de noche”, le contesta el padre. “Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse”. Por ahí andará el bueno de Forn, ese tipo que en las fotos salía siempre sonriendo, que se murió precisamente el día del padre: nadando sin cansarse por alguna pileta interminable.