La aguja de luz | Letras Libres
artículo no publicado

La aguja de luz

Tomás Ferrer reconoció el documento sin haber leído siquiera la nota. La cantidad de información que había caído en manos de Joaquim Fiol le heló la sangre y lo llenó de rabia. Dando un portazo, se dirigió al salón dónde guardaba sus archivos personales y que estaba invariablemente cerrado con llave. Revisó con rapidez los sobres donde escondía la documentación de las transacciones que sólo él y su hijo conocían y golpeó con el puño cerrado la mesa. Todos los papeles del comercio oculto de la empresa en los últimos años habían desaparecido. Lo mismo había sucedido con los que contenían la información más delicada de las décadas anteriores. Quien había sustraído los documentos sabía lo que buscaba, y se había tomado todo el tiempo del mundo para leer y entresacar los papeles más explícitos e incriminatorios. Con los labios temblándole de indignación, Ferrer se juró que descubriría a cualquier precio a los que pretendían ensuciar su nombre. Pero no era ése el único dilema que enfrentaba. Fiol citaba unos cuantos documentos: una pequeña parte de lo que habían extraído del archivo. Dando vueltas como león enjaulado por el cuarto, Don Tomás buscó por largo rato la respuesta a tres preguntas: ¿quién?, ¿por qué? y ¿para qué?

No tardó mucho en encontrar una respuesta parcial. No tenía idea para qué había guardado Fiol parte de los documentos, pero, con toda certeza, su gente había sido torturada y su nombre había salido a relucir. Los Miró habían repartido plata a lo largo y ancho de Mallorca. No le cabía duda de que la exposición en El Iris era parte de su lucha por castigar a quien había disparado contra Miguel Miró y matado a Jaume Rebull. Parado frente a la ventana con los brazos cruzados, reconoció que, por primera vez, la confrontación con Francesc Miró había rebasado el terreno de los negocios y que, en esta ocasión, debía enfrentarlo en una posición de inmensa desventaja. Francesc tenía sus documentos y el testimonio de los encarcelados; él contaba tan sólo con intangibles: el apoyo de Mas, su prestigio, su posición social y las relaciones privilegiadas que eso le había garantizado desde siempre con la jerarquía eclesiástica y las autoridades de Mallorca.

–... raza maldita –masculló entre dientes– escoria vil de mala raza.

Pero antes de saldar cuentas con los Miró, tenía que lidiar con Alonso Villalba. Decidió tomar la iniciativa, tratar de sumar un engaño a otro y convencer a Villalba de que todo era una mentira. Mientras se vestía, descargó su ira sobre su esposa María, a quien acusó de descuido en el manejo de la casa.

No n’acceptaré ni un sol penediment [No voy a aceptar una sola disculpa] –le advirtió antes de salir– quiero una lista detallada de todos los extraños que hayan puesto un pie en este lugar en las últimas semanas.

Tomás Ferrer encontró a Alonso Villalba sentado en la pequeña biblioteca que miraba al mar, con la cabeza entre las manos.

No sé pas com ens en sortirem d’aquesta. [No sé cómo vamos a salir de ésta] –murmuró al sentir la presencia de Ferrer.

–¡La verdad saldrá a la luz! –exclamó Tomás–. Todo es una mentira, una infame maniobra de estos chulletas, llenos de rencor, que no se detienen ante l’insult personal. La verdad triunfará, Alonso. A las palabras, en especial a aquellas impresas en papel periódico, se las lleva el viento.

Alonso Villalba no escuchó toda la altisonante perorata de Ferrer. Entre las frases que asimiló, se coló la certeza de que ésta no era la primera vez que su socio mentía.

–Si no me dices toda la verdad no habrá manera de defendernos: ni a nosotros, ni a La Mercantil –aseveró finalmente.

Ferrer levantó las manos exasperado y recorrió la habitación en busca de una respuesta adecuada. No podía reconocer la verdad de lo publicado en El Iris, porque Villalba seguiría las huellas hasta el principio de la historia y descubriría la fortuna que le había robado. Tampoco podía hundirse en una negativa total, porque Don Alonso era lo suficientemente listo como para descubrirlo. Había abusado de su negligencia y de su hedonismo, pero no podía insultar su inteligencia.

Con un gesto melodramático, Tomás Ferrer se dejó caer en una silla y mirando a Villalba, exclamó: –Amenazó a mi hijo, Alonso. ¡Ponte en mi lugar!

–Ponte tú en el de ellos –respondió Villalba con dureza–. Andreu atentó contra el honor de esa moza.

–No somos iguales. Ellos no tienen honor.

–Pues ya ves que sí. Y ahora tienen, además, influencia y mucha plata.

–No tenía alternativa –dijo Tomás Ferrer.

–Entonces lo hubieras hecho de manera más inteligente... ¡Ante los ojos del mundo entero, en el corazón de Palma! Nos has expuesto a todos.

Ferrer guardó silencio.

–No habrá manera de evitar que les den garrote. ¿Dónde está Andreu? –preguntó finalmente Villalba.

–Aquí.

–Envíalo lo más lejos posible. Yo hablaré con el Alcalde, con el Obispo y... con los Miró –concluyó Don Alonso levantándose.

En Gonçal ja ho sap? [¿Gonzalo ya lo sabe?] –preguntó Ferrer antes de salir.

Alonso Villalba hizo un gesto de resignación.

–Él nunca sabe nada. Vive de escuchar los relatos de los marinos y de pintar todo lo que se le pone enfrente. No se cuenta con él –concluyó desilusionado.

     *

Después de recorrer las bodegas, Francesc y Diego se sentaron en la cubierta del navío que habían botado unas semanas antes. Minutos después se les unió el Cojo. Colocó unos vasos y una botella de vino en una pequeña mesa y tomó asiento.

Què voleu, s’amo? [¿Qué desea el Señor?] –preguntó dirigiéndose a Francesc.

Coix –dijo Diego tomando la palabra y mirándolo intensamente–, tú viviste más de dos años en Fernando Pó. Fíjate muy bien en lo que te voy a preguntar. Entre quienes comerciaban en esa isla, ¿había españoles?, ¿conociste a algún mallorquín?

La jovial expresión del Cojo desapareció de golpe. Muy serio respondió: –Españoles y portugueses, Gitano, habíamos, claro… Déu mai no m’ho perdonarà pas! [¡Dios nunca jamás me lo perdonará!] –respondió Antonio con voz baja, dirigiéndose con la familiaridad de los años a Diego, con el malnom con el que lo conocían todos los marinos del barrio de Santa Caterina–. Esos negros en los barracones, como cerdos muertos de hambre: el olor a cuero quemado cuando los marcaban en las nalgas o en el pecho...

–Dios ya te perdonó –lo interrumpió Francesc–, sólo falta que te perdones tú. No quiero que nos relates de nuevo esas historias terribles, Coix, las conocemos de memoria. Quiero nombres.

–Los portugueses se dirigían a Brasil, senyor. Los vaixells españoles iban a Cuba y salían decenas de cargueros al año. La prohibición sólo alimentó la compra de negros antes y después de ese acuerdo con los ingleses...

–El tratado que entró en vigor en 1820 –explicó Francesc a Diego–. Más allá de lo que Madrid hubiera decidido en relación con el problema, el asunto en el Caribe tenía una dinámica propia. Las plantaciones de azúcar cubanas necesitaban mano de obra esclava, y el tratado con los británicos sirvió de estímulo para incrementar ese comercio. En los años inmediatamente anteriores y posteriores a 1820, tan sólo por La Habana, entraron a Cuba decenas de miles de esclavos negros. La marina española, que supuestamente colaboraba con los ingleses, detuvo en veinte años sólo dos barcos... portugueses, por supuesto.

–Con la ineficiencia madrileña, tal vez ni se enteraban –comentó Diego.

–Lo dudo –contestó Francesc con firmeza–. La Regente tenía acciones en San Martín, el mayor ingenio cubano. Pero nos estamos desviando… Te escuchamos, Coix.

–… A Ferran Pó hi havia molts d’espanyols. [En Fernando Pó había muchos españoles] Nunca le vendimos la Isla a los ingleses –dijo el Cojo con una sonrisa no exenta de orgullo–. Todo lo manejaban el cubano Zulueta y su primo Pedro José. Y por allí anduvo Arnau, En Coltell [El Cuchillo], pero él venía de trabajar más al norte, en la desembocadura del Gallinas, con Pedro Blanco. ¡Ese sí sabía lo que hacía! –exclamó Antonio.

–¿Te refieres a Arnau, el de La Mercantil? –preguntó Diego tratando de ocultar su entusiasmo.

–El mismo –confirmó el Coix.

–¿Y...?

–Pues él nos relató la historia de Blanco, ese malagueño que había vivido en América y llegó en El Conquistador a las Gallinas. Dice el Cuchillo que, en una de las islillas que formaba el río al entrar al mar, Blanco se fabricó una casona para él y la Rosa, su hermana; en otra isla, otra donde despachaba; en otra más, construyó barracones para miles de negros, y en la otra, tenía hasta cincuenta mujeres, todas para él. Aquell Blanco tenia molt d’argent [Ese Blanco tenía mucho dinero]. El Cuchillo decía que compraba negros a veinte y los vendía a 350...

–Dólares, pesos o libras, lo mismo da –murmuró Francesc–, ¡un dineral!

–Pedro Martínez le arreglaba sus asuntos en Cádiz –añadió el Cojo–. Blanco acabó en Barcelona, con una hija oscura como es meu al·lot [mi muchacho]. Después, otros españoles reanudaron el negocio en las Gallinas.

–¿Quiénes? –preguntó Diego.

–Pérez Rola, José Álvarez y el más listo de todos, Ángel Ximénez. En Coltell trabajó también para él... Arnau era el contacto entre Ximénez y Don Tomás Ferrer –agregó el Cojo después de una pausa. Por un largo rato, todos guardaron silencio.

–Vas a buscar a Arnau inmediatamente, Coix –dijo finalmente Diego–. Le explicarás que el comercio oculto de La Mercantil se descubrió y que Don Tomás puede intentar dañarlo, como a todos los testigos. Tienes que convencerlo. Llévatelo a Deià y ocúltalo con tus parientes. En unos días yo mismo iré a hablar con él. Prométele plata, m’entens? [¿Me entiendes?]

–A Deià no –replicó Francesc–. Eso pondría en riesgo a la familia del Cojo. Bernat salió de Mallorca y Àngela, que tiene ligas con los Villalba, está aún en Ciutat. Llévalo a Can Núvols –añadió dirigiéndose al Cojo– con una carta que te voy a dar para Joaquim, el caballerango. Por último, protégete tú también. Y quiero que pongas a Manolo a cuidar a Diego de día y de noche. Haz lo mismo con En Pere [el Pedro] y mi sobrino Rafael. Vayan bien armados, pero sin ostentación. ¿Entendido? –El Cojo asintió sonriendo.

–Ahora, yo hablaré con Fiol y tú alertarás a Monse –indicó Francesc a Diego cuando emprendieron el regreso–. Te veo en una hora donde Miguel.

     *

Diego explicó a Montserrat lo que había sucedido y se dirigió a casa de su primo.

Encontró a Miguel recostado, inmerso en una conversación a todas luces importante con Josep Picó. Diego los saludó con calidez.

–¿Cómo estás? –preguntó en voz baja sentándose junto a su primo.

–Mucho mejor y azorado –respondió Miguel entrecerrando los ojos–. ¿Qué más ha sucedido?

Diego sonrió enigmático. –Lo más sobresaliente es que tal vez tengamos a un testigo que puede corroborar que ese comercio ilegal existió e inculpar a Ferrer.

–¡Cómo! –exclamó Miguel incorporándose.

Diego les relató detalladamente la charla con el Coix. –Montserrat estuvo de acuerdo y Francesc está con Fiol. No queda más que esperar –concluyó–. ¿Qué opináis?

–Que todo esto es de justicia divina. Alguien está saldando cuentas con Ferrer por nosotros –respondió Miguel satisfecho–. ¡Ahora resulta que tenemos entre las manos al testigo más confiable de la verdad de la acusación! Estan fotuts! [¡Están jodidos!] –agregó haciendo una elocuente seña con la mano que hizo reír a Josep y a Diego–. Y si el descontento de los que no quieren ya que prive en esta Isla la ley de la selva se extiende, vamos a tener también el gusto de saber que engarrotaron al asesino de Rebull... con o sin la anuencia de los butifarras.

–Eso es parte de lo que me preocupa –reflexionó Diego– que esto sirva de pretexto para caldear los ánimos. Hay que solucionarlo lo más pronto posible.

Miguel guardó silencio.

–Todo se complica cada vez más –dijo Francesc minutos después, entrando al cuarto con paso firme.

–Es difícil de creer –añadió mientras examinaba la herida casi cicatrizada de Miguel y le palmeaba la mejilla–. Los papeles son auténticos y provienen del archivo de Ferrer. No habrá poder humano que disuada a Fiol de publicar los pocos que tiene, y ni él ni nadie conoce el paradero del resto de los documentos que Tomás perdió.

–Vamos por partes –pidió Miguel–. Empieza por el quién.

Francesc Miró negó con un movimiento de cabeza. –No –subrayó–, ese quién es el mayor de los misterios. Joaquim asegura que alguien dejó el sobre con los documentos en El Iris. Nadie lo vio, nadie sabe nada. Si realmente él no tiene en su poder el legajo completo, debe de estar apostando a que ese alguien ponga en sus manos el resto. Por ello y por principio, publicará algo aún más escandaloso: un documento fechado en 1862. Esta vez el apellido Villalba saldrá con todas sus letras. Pero antes, permitidme informaros que Fiol sabe que los papeles robados eran muchos más porque recibió la visita del joven Ferrer, Andreu, que exigió, pidió, y terminó por amenazarlo si no publicaba un desmentido y si no le entregaba el resto de los documentos.

–¡Ya me imagino cómo debe haberse reído En Joaquim! –comentó Miguel.

–Pero qué estúpido –dijo Diego–. Con su presencia confirmó que esa documentación es legítima y dio un arma más a Fiol. Andreu Ferrer ha sido siempre torpe y brutal: incapaz de la sutileza. Yo me temo que lo hizo por iniciativa propia. El viejo Ferrer es temible, pero no tiene un pelo de cretino.

–Cierto –respondió Francesc–. Lo cual nos lleva de regreso a la pregunta de quién lo hizo y para qué. Y dudo que encontremos la clave pronto. Dime, hijo –preguntó a Diego– ¿qué respondió Montserrat?

–Apoya sin condiciones. Como siempre. No queda más que esperar a que el Coix tenga suerte. ¿Cómo te enteraste? –añadió mirando a Miguel.

–Lida –dijo él sonriendo–. Irrumpió a medio día con El Iris entre las manos. Rafael dejó el diario a su alcance y el resultado era predecible. Después, desfilaron por aquí mis colegas.

No m’agrada que ses al lotes hi tinguin res a veure. [No me agrada que las muchachas tengan nada que ver con esto] –murmuró Josep–. Hablen con las niñas para evitar que cometan una imprudencia. Me atemoriza que puedan correr algún riesgo.

–Hoy mismo –respondió Francesc mirando su reloj– que Anna busque a las otras dos y me alcancen en casa.

–Yo mismo las llevaré –dijo Diego.

Cuando Francesc entró a la biblioteca, Isidro le extendió un sobre en silencio. La “A” y la “V” elegantemente entrelazadas bajo el nombre de La Mercantil le indicaron de inmediato al remitente.

–Pide a Diego que entre con mis sobrinas –indicó a Isidro mientras rasgaba el sobre.

La brevísima nota de Alonso Villalba le pedía a Francesc una cita urgente para el día siguiente. Estaría esperando su respuesta.

Anna, Lida e Inés habían tenido apenas tiempo de echarse una chalina a los hombros. Camino a casa de su tío, Margalida las detuvo unos segundos y cuando Diego se adelantó les cuchicheó al oído: –Nosotras no sabemos nada más que lo que sacó El Iris. ¡Nada más! –y dirigiéndose a Inés, le advirtió –... y tú, no exageres.

Las tres se sentaron silenciosas frente a Francesc, mientras Diego leía rápidamente el mensaje de Villalba.

–¿Qué te parece? –preguntó su tío.

–No nos conviene –respondió Diego sin dudar un instante–. Hasta saber qué sucede con el Coix y hasta que Fiol publique el resto. No nos conviene –repitió–. Como diría el Miqueló, tenemos muy pocas cartas en la manga. Si ese alguien pusiera en mis manos los papeles que faltan –sonrió– hablaría con el mundo entero. Como están las cosas, no es prudente.

–Nos inculparán –le advirtió Francesc.

–Puedes tener la certeza de que ya lo han hecho, pero no pueden probar nada. Dale largas al asunto por unos días. Siempre puedes disculparte alegando que estás indispuesto.

–¿Esos papeles son los que publicó el periódico hoy? –preguntó con aparente ingenuidad Inés.

–Esos mismos –dijo Diego.

–¿Y para qué los necesitas papá? –prosiguió Inés, a pesar de la leve pero elocuente patada que Lida le había asestado en un tobillo.

–Para negociar se necesita una buena mano y esos documentos serían un póker de ases –respondió él sonriendo.

–Creo que estas mocitas ya han escuchado suficiente –lo interrumpió Francesc con un gesto que pedía a todas luces discreción. Las primas voltearon a mirarlo, ansiosas.

–Quiten esas caras de tragedia –las tranquilizó Francesc–. Las mandé llamar porque todos debemos ser cautelosos. Si actuamos con prudencia, no sucederá nada. No quiero que comenten con nadie este asunto, ni una sola palabra. ¿Queda entendido? –preguntó con seriedad. Las tres asintieron con la cabeza.

–¿Alguien puede estar en peligro? –preguntó Anna. Francesc clavó la mirada en Diego.

–Quién haya tomado esos documentos, que pertenecen a Don Tomás Ferrer, corre un grave riesgo –explicó él sentándose y buscando palabras sencillas y directas–. Todavía hay dudas sobre la identidad de quién está detrás del hombre que disparó sobre Miguel, pero si esa persona está relacionada, aunque sea de manera indirecta, con los papeles que se publicaron hoy, Ferrer puede intentar algo desagradable.

–¿Y no se sabe aún quién fue? –preguntó a su vez Inés.

–No Bella, pero se sabrá –afirmó Francesc–. No todos tienen acceso a los archivos personales de otros. Tarde o temprano, Ferrer descubrirá quién tomó esos papeles y todos nosotros saldremos limpios. Mientras tanto, guardarán absoluto silencio. Y ahora, vayan a dormir.

Las primas atravesaron el jardín siguiendo a Diego, que caminaba de prisa hacia casa de Miguel, con la cabeza baja.

–Esperen aquí un momento –les indicó a Inés y a Lida mientras entraba con Anna a la casa–, necesito decirle dos palabras a Miqueló.

–¡Tienes que ponerlo sobre aviso! –dijo Inés en voz muy baja, mirando con intensidad a Margalida cuando se quedaron solas–. Si no ho fas tu, ho faré jo. [Si no lo haces tú, lo haré yo]

–Yo lo haré –respondió suavemente Lida.

–Y mañana mismo decidiremos qué hacer con el resto –añadió Inés en un tono que no admitía replica. Su prima asintió con la cabeza.

Después de despedirse a la entrada de su casa, Margalida cerró con cuidado la puerta y sin hacer ruido entró en la cocina. Ángela lavaba los trastes de la cena.

–¡Qué bueno que te encuentro! –suspiró Lida aliviada–. Toma tinta, pluma y papel del escritorio de papá y alcánzame en mi cuarto.

Per que em donguis ordres, et caldria tornar a nàixer, sac de mocs. [Para que me de órdenes, necesitarías volver a nacer, saco de mocos] –respondió Angeleta sin voltearla a ver.

Lida se acercó y le susurró al oído. –Gonzalo corre peligro, si no me ayudas y algo le sucede, tú serás responsable.

Ja hi vaig! [ ¡Ya voy!] –contestó esta vez Àngela sin pedir mayor explicación.

Margalida saludó a sus padres y se disculpó argumentando que le dolía la cabeza. Esperó a Angeleta dando vueltas por la alcoba con un nudo en la garganta.

Què passa doncs? [¿Qué pasa, pues?] –preguntó ella poniendo el papel, el tintero y la pluma en la mesa.

–Sshh!, baja la voz –dijo Lida–, es una historia demasiado larga que te relataré mañana. ¿Conoces a alguien en casa de los Villalba?

–La cocinera es sobrina de Na Lluïsa.

–Pues tendremos que confiar en ella. Tienes que ir a buscarla ahora mismo. Trata de darle el mensaje que le voy a escribir a Gonzalo. Sólo si no puedes verlo, se lo entregas a tu amiga, ¿me entiendes? –Àngela asintió con la cabeza, secándose las manos aún húmedas en el delantal.

Lida tomó la pluma y escribió en letras grandes y redondas, muy diferentes a su manuscrita usual: Corres un grave peligro. ¡Sal de Mallorca mañana mismo! Y después de meditarlo un momento, agregó dos letras más, t.q.

–¡Por favor Angeleta, por lo que más quieras!...

Jo mateixa li ho donaré, ma nina. [Yo misma se lo daré mi niña] Queda tranquila –dijo Àngela conmovida por la súplica de Margalida.

     *

Lida se había quedado dormida, como Inés, después de horas de darle la vueltas al problema que habían desatado, en busca de una posible solución.

Ambas despertaron al alba. Inés brincó de la cama. Necesitaba arreglarse rápidamente para hablar con su prima. Margalida, por su parte, bajó corriendo a la cocina. Saludó a Montserrat y buscó con la mirada a Àngela. Ella le guiñó un ojo, y después del desayuno le confirmó que había dado el recado a Gonzalo en propia mano.

Inés irrumpió en ese momento y se encerró con Lida en su alcoba.

Ja ho sap. [Ya lo sabe]

Inés sonrió aliviada. –Ahora, tenemos que darle los documentos a papá.

–No.

–¡Por supuesto que sí! –respondió Inés sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza.

–Aún no –repitió Lida–. Por dos razones. Escolta: [Escucha] Si tío Diego los usa, Ferrer adivinará que Gonzalo los tomó y me los dio a mi y él debe de estar aún en Ciutat. Tenemos que darle tiempo de salir. La segunda razón –añadió mirando a Inés– tiene que ver con Don Joaquim. Él ha guardado silencio, yo no puedo descubrirlo...

–No ha dicho ni pío porque quiere el resto de los papeles y tú amenazaste con quemarlos si él abría la boca.

–Por lo que tú quieras, pero él prometió algo y ha cumplido, y yo no le voy a fallar. Vamos a esperar junto con tu padre y tío Francesc. Cuando parta Gonzalo y ellos decidan reunirse con Don Alonso, les daremos su póker de ases. Por favor Inés, acepta. Te lo ruego.

–Dos días y no más –contestó ella finalmente. ~