Fábula del neoliberal y el mendigo | Letras Libres
artículo no publicado

Fábula del neoliberal y el mendigo

Hace seis años, en víspera de elecciones, una película cortó de tajo una tradición de censura en la cinematografía nacional. La ley de Herodes, de Luis Estrada, ponía en cámara situaciones, personajes e imágenes hasta entonces impensables en una película mexicana: los nombres e insignias de los partidos políticos (o, mejor dicho, del partido inamovible), las dinámicas del presidencialismo y arquetipos de los actores sociales que en ese entonces se repartían el pastel. Priistas sucios, matones e incultos; un panista resentido e hipócrita, un cura que ponía precio a la salvación de sus fieles, y una matrona que pagaba con putas los impuestos de su burdel. El resto del pueblo ficticio donde ocurría la historia, una metáfora de todo el país, estaba representado por indígenas paupérrimos y analfabetas, ciudadanos de segunda a los ojos de la autoridad. Fechada en 1949, años del alemanismo y de la recurrente obsesión mexicana por medirse con la modernidad, La ley de Herodes evidenciaba que los complejos de inferioridad colectivos estaban intactos cinco décadas después. Buscaba, también, capotear la censura que consignaría difamación a personajes vivos.

Aquello último casi no se logra. En una escena que superaría por mucho los clichés de la negrura política, la clásica –orden de arriba– intentaría boicotear su estreno, a fines del 1999, en el Festival de Cine Francés, celebrado en la ciudad de Acapulco. Todo esto frente a cámaras y reporteros no sólo de México sino del país organizador. Todo sobre un escenario, el día de la inauguración. Lo que Estrada planteaba en la película, ese día se escenificaba en su versión de reality show. Ante la indignación de los mexicanos y la confusión solidaria de la delegación francesa, La ley de Herodes acabaría proyectándose en una sala atiborrada y nerviosa, frente a un público que de otra manera no se habría congregado jamás.

Esta anécdota desarrolló un doble filo. Si por un lado consignaba el final tardío de la muy arraigada tradición de enlatar, por otro era una losa sobre la espalda de Luis Estrada. Sobre su espalda, por no decir sobre él, porque de tan heroica la losa recordaba una lápida: nada que viniera luego, creíamos, nos podría sorprender igual.

La noticia es que su nueva película es, si se puede, mejor. Otra vez una sátira política, otra vez exhibida en año electoral, Un mundo maravilloso –el tema de Louis Armstrong que se escucha como fondo irónico– es la reelaboración compleja de los temas que en La ley de Herodes bastaba con denunciar. La sorpresa en ese momento brotaba de la novedad y de la súbita posibilidad de nombrar. No sólo la fama sino la condición de pionero supusieron para Luis Estrada un principio pero también un final: no podía, como director sensato, refugiarse seis años después en el shock value que en La ley de Herodes garantizaba notoriedad. Si aquella película inauguró una veta que hoy en día ya es un género asimilado por públicos que no crecieron a la sombra del tabú, Un mundo maravilloso ya se inscribe dentro de esa veta, para bien y para mal. Que salga, como lo hace, bien librada de la ausencia de la originalidad, la evidencian –por acumulación de retos– como una película de entretejidos finos.

Fechada en “un futuro cercano” (aunque juegue con libertad a empalmar contextos y décadas), la película abre con una fiesta de gala en la que el Secretario de Economía (Antonio Serrano) declara que la pobreza ha “finalmente” sido erradicada de México. Mientras tanto un mendigo (Damián Alcázar) se resguarda de la lluvia y se cuela en la oficina de un piso alto del lujoso World Financial Center. Cuando un empleado de limpieza amenaza con descubrirlo, el mendigo “de nombre Juan Pérez” sale por la ventana y permanece quieto en la cornisa de WFC. Al ser tomado por un suicida, congrega a los bomberos, la policía y la prensa. Una vez “rescatado”, un periodista de cierto diario de oposición al gobierno pone en boca del mendigo una declaración: su intento de suicidio fue una protesta por el triunfo neoliberal proclamado en la Convención. El mendigo no entiende nada, pero le gusta la atención alrededor. Su frase será el titular del periódico de oposición. El Secretario busca al pobre y pacta su reivindicación. El pobre no entiende nada, pero le gusta el lujo alrededor. Será el chico del póster de las ventajas de la globalización.

El neoliberalismo es para Un mundo maravilloso lo que el priismo para La ley de Herodes, pero no es de ninguna manera el villano mayor: la izquierda proclama la victoria en suelos donde ni siquiera peleó. Para el periodista y su jefe, el mendigo y su falso suicidio son medios para justificar su fin. El fin es la autovalidación de un discurso, y el discurso es la autovalidación. Celebran su suicido como un punto a su favor. La Iglesia y hasta los pobres mismos son vistos por Estrada con el mismo grado de impiedad. Todos son lobos de todos, y no se ve solución.

Pero nada tendría sentido si la película fuera un ensayo sin gracia en la ejecución. Con referencias visuales que van del expresionismo a la estética del cómic y hasta el reverso de visiones idílicas clásicas (piénsese en cuadros de Norman Rockwell pero poblados por la familia Manson), Estrada exprime al máximo los recursos de la ficción. Más aún, pone en tela de juicio el papel que ha jugado en el cine “el mexicano, su plataforma” en la forja de mitos alrededor de la pobreza y los pobres, y que a la larga han contribuido a su cómoda idealización. A la vez que narra la fábula del neoliberal y el mendigo (“¿Quieres un trabajo?”, pregunta uno. El otro: “¿Qué no éramos amigos ya?”), Un mundo maravilloso glosa a Nosotros los pobres, y aborda con ironía clichés sobre la plenitud del humilde, y la bienaventura reservada al oprimido, lueguito, en el reino de Dios. Juan Pérez es un pobre diablo pero también es Pepe el Toro y Tin Tan. Los ricos siempre van a ser ricos, y los pobres, pobres, es algo en lo que coinciden el economista y el harapiento en una conversación. La serpiente se muerde la cola; la imagen deviene retórica, y ésta en la condición de un país. Por eso el cine de Estrada no es paródico, sino lo inverso: una lectura cruda del cuento que nos tocó. ~