Cuando llegue el momento, de Josef Winkler | Letras Libres
artículo no publicado

Cuando llegue el momento, de Josef Winkler

Natura morta fue, hace dos años, la primera obra de Josef Winkler que aparecía en España, gracias a Galaxia Gutenberg y a la iniciativa de Miguel Sáenz, (excelente) traductor también de la nueva novela Cuando llegue el momento, originalmente publicada en 1998. Distintas por su longitud y su localización, ambas ofrecen sin embargo una muy similar cadencia, y uso el término a propósito: Winkler compone sus narraciones en clave musical, si bien el fraseo lírico, ese peculiar tejido sonoro hecho de salmodias y ritornelli, parte siempre de imágenes de una potente plasticidad. Natura morta, situada en el popular mercado de Piazza Vittorio Emanuele en Roma, es una vanitas cristiana, obscena y mortuoria realzada por el colorido del bodegón mediterráneo. Cuando llegue el momento arranca igualmente de motivos orgánicos y pictóricos, pero, lejos de enfocar estáticamente las atractivas figuras del aquel retablo romano, sigue el flujo de una memoria grupal, en la que todos los personajes de una pequeña población rural de la Carintia se mueven al compás de la misma danza de la muerte.

En el fondo de la tinaja en la que se obtenía con osamentas de animales sacrificados el caldo de huesos que olía a podredumbre y con el que se pincelaba a los caballos con una pluma de corneja en torno a los ojos, en las orejas y ollares, y en el vientre, para protegerlos de moscas, tábanos y mosquitos, están los huesos de los brazos, arrancados del cuerpo en una trinchera de un campo de batalla, de un hombre que, antes de la segunda guerra mundial, arrastró hasta el bosque una estatua de Jesús de tamaño natural y la tiró por una cascada.

Cito in extenso el primer párrafo de Cuando llegue el momento por su valor demostrativo; no sólo señala la primera aparición de un "tema" verbal que recurre con leves variaciones a lo largo de la novela, sino que contiene sus notas esenciales: la comida y el desecho, la profanación religiosa, la mutilación, la guerra, todo mezclado en un denso caldo dramático e histórico del que el lector habitual de los cerca de diez libros de Winkler conoce su fuerte sabor y su correspondencia con el propio marco biográfico del novelista austriaco.
     Lo apasionante de Cuando llegue el momento es el modo en que, sin abandonar nunca su inconfundible polifonía lírica, Winkler logra reflejar un trasfondo político, mostrado de modo muy elocuente en el fragmento dialogado que en la edición española ocupa las páginas 193-200. Se trata de un intercambio de comentarios entre tres ancianos campesinos, y en él los tres coinciden en añorar el tiempo, los años treinta, en que, gracias a la llegada al poder del Tercer Reich, todos tenían trabajo y no se mezclaban con la chusma foránea: "Con Hitler eso no ocurría. La mantequilla y el pan, los alimentos básicos, costaban en todas las partes lo mismo". Un discurso que cobra más sentido si se sabe que Winkler procede de la misma zona ultramontana y católicamente integrista en la que hizo su carrera el famoso líder neonazi austriaco Jörg Haider.
     Winkler nació en el pueblecito de Kamering, que tiene su historia provincial de la infamia. Devastado totalmente por un incendio a finales del siglo XIX, fue inmediatamente reconstruido en la simbólica forma de una cruz (el suceso se recoge ampliamente en su novela más abiertamente autobiográfica, El siervo), como un exorcismo del exaltado clero local al mal que —en otro episodio auténtico que el escritor relata en su primera novela, Hijo de hombre (1979)— había llevado a una pareja de muchachos enamorados homosexualmente a suicidarse, colgándose con un ronzal de vaca a la viga de un granero. Obsesionado y al mismo tiempo horrorizado por los fantasmas de su tierra de origen, Winkler vuelve irremisiblemente a ella entre algunas salidas al exterior, de las que destacan Domra, su diario hindú, o la narración El discípulo de Jean Genet, donde como última forma de sublimación de su apego al autor del Diario de un ladrón, Winkler pasa una noche entera encima de la desnuda, casi imperceptible, tumba del escritor francés en la ciudad marroquí (y antiguo feudo español) de Larache.
     En uno de los pasajes de la citada El siervo, Winkler escribió lo siguiente: "En mi fase de búsqueda de una fórmula, cada día tropiezo con los límites de mis posibilidades de escritor, me detengo al pie de un muro que desearía abatir, y allí me despellejo el cráneo hasta producirme sangre. En cuanto la sangre brota de mis dientes y por la nariz, vuelvo sobre mis pasos para precipitarme una vez más contra esa muralla". El estilo imprecatorio y la invectiva son, en efecto, dos de sus rasgos más marcados, si bien conviene aclarar que Winkler está más cerca de Bernhard (aunque sin su mordacidad humorística) que del banal "jemenfoutisme" de Fernando Vallejo. Winkler es un autor truculento y radical ("la literatura entretenida me enferma", declaró en cierta ocasión), pero la pintura de su reducido, atroz y turbador universo se salva de caer en el tremendismo o la pose exhibicionista. Es un novelista de la consunción y el terror latente en las apariencias de lo cotidiano y lo pastoral; leyéndolo siempre se tiene la sensación de que cada una de sus palabras nace de la verdad, mientras que su angustia nos llega al oído con la calidad de una bellísima prosa melódica. Una melodía que hipnotiza sin adormecer, despertando en el lector la conciencia de un desequilibrio revelador. -