David Toscana | Letras Libres
artículo no publicado
  • Refiriéndose a las revistas frívolas, un personaje chejoviano se lamentó de vivir “en una región en la que nadie lee, o en la que cuando se lee, se lee de tal modo que más valdría no leer”. El lamento se explica hasta nuestros días.
  • En tiempos de río revuelto, charlatanería, celebridades ineptas y tanta mente que se medievaliza, la verdadera ciencia pasa de ser incomprendida a ser obstaculizada.
  • No sólo los quesos pueden estar trucados, a veces también la literatura.
  • Piezas de mala prosa, como la salida de la Corte hace unos días, ocurren hasta en las mejores familias. Cervantes, Schopenhauer y Orwell, entre otros, recopilaron o hicieron burla de líneas terribles e intrincadas.
  • La literatura goza de una libertad que no tiene la vida real. El lector puede dejarse llevar por sus fantasías sin sentirse observado, y decidir si se escandaliza o se siente seducido por las opciones que abre la ficción.
  • Tomás de Kempis, el canónigo agustino del siglo XV, hacía gala de un espíritu afín al de ciertos contemporáneos cuando solicitaba a sus lectores mantenerse en la ignorancia y no interesarse por las artes o las "vanas ciencias".
  • Las vidas de Pasternak y Solzhenitsyn recuerdan que, a pesar del acoso desde el poder, el arte y lo universal permanecen.
  • En la gran literatura existe algo grandioso y esencial, mucho más relevante que descubrir al asesino o conocer la suerte de Amanda Sinclair.
  • Las autoridades cumplen con su misión de advertir contra el tabaquismo, el alcoholismo y el sobrepeso. Con eso cubren los pulmones, el hígado, la barriga, el corazón, arterias, las células lípidas y otros órganos. ¿Y el cerebro?